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Antes de adentrarnos en el escabroso tema que nos atañe en esta edición, los invito a remontarnos, por unos segundos, en el tiempo.
Muchos recordarán, una de las imágenes más famosas de Marilyn Monroe donde aparece vestida con un coqueto y atrevido vestidito blanco. Sí, aquel vestido que la dejó con las piernas al descubierto cuando, muy intencionalmente, trataba de refrescar su silueta con el aire que, desde los metros subterráneos, suele colarse a la superficie de la ciudad de Manhattan, a través de las innumerables parrillas que se cuentan en sus aceras.

Les cuento que esta no fue una de las tantas fotografías comunes que se le tomó a esta rubia despampanante durante su carrera, más bien, fue una imagen que se extrajo mientras que la actriz protagonizaba la película La Comezón del Séptimo Año. Un drama que recrea la novela de Richard Yate, escrita en 1963. En este filme, Richard Sherman, también protagonista, representa un hombre que a los siete años de casado, empieza a cuestionarse su vida, su matrimonio y su virilidad. En ese momento de crisis, conoce a Marilyn, que lo hace por primera vez en su vida, poner en jaque la fidelidad con la que ha llevado su matrimonio.

A este punto quería llegar. Lo que les acabo de relatar no es una simple historia de amor con problemas, pues muchos sexólogos, astrólogos, y antropólogos entre otros, aseguran que hay bases científicas y coherentes que señalan que la famosa Comezón del Séptimo Año existe y todos los seres humanos pasamos por ella en mayor o en menor grado. En resumidas cuentas, todo se reduce a un punto. Todas las parejas, unidas, casadas o en noviazgo tienden a entrar en crisis a los siete año de estar juntos; aunque, siempre hayan llevado una relación llena de comprensión, amor y peleas superficiales.

Parece difícil pensarlo cuando muchos, que aún no llegan a los siete años de relación, están convencidos de que han encontrado su media naranja. Incluso, la sola idea puede causar temor cuando ya hay figuras conservadoras, respetadas y conocidas como la alemana Gabriele Pauli de la Unión Social Cristiana Europea que ha propuesto, basándose en los innumerables estudios que ha hecho de parejas de diferentes nacionalidades y edades, que en el mundo se acepte que el matrimonio venza a los siete años.

Llegado este tiempo, según Pauli, las parejas, de acuerdo a su situación, puede convenir renovar sus votos o, simplemente, culminar la relación sin problema alguno, sin papeleos, ni abogados.

Algo parecido al matrimonio de hecho, donde la ley reconoce, en muchos países, que una pareja sea reconocida como un matrimonio, de manera automática, luego de vivir bajo el mismo techo por un tiempo considerable.

Entonces, en el caso que propone Pauli, la ley reconocería que una pareja rompa compromisos por mutuo acuerdo, a los siete años de unión si a así lo considera. Muchos se preguntarán qué tiene de alarmante que una pareja entre en crisis, ya que, debe considerarse algo normal, una ruleta rusa que le pasa a cualquiera.

De acuerdo con el sexólogo Adriano Cordero, lo que tiene de especial la Comezón del Séptimo año es que es inevitable. En este punto, explica, una pareja que goza de una relación satisfactoria puede sufrir un giro de 180 grados repentino que termina en cuestionamientos negativos que llevan a las peleas, indiferencias e, incluso, a las ganas de romper con la relación que ha estado marcada por la felicidad.

Lo bueno, según Cordero, es que muchas parejas logran pasar la tormenta y retomar lo que era su relación, pero no se puede negar que otras, llegan a terminar en malos términos.

UN FLAGELO EN ESTUDIO

Sentencia Cordero que hay muchas teorías que se tejen alrededor de La Comezón del Séptimo Año. Los más coherentes, en su opinión, plantean que a los siete años de vivir una relación de pareja se llega hasta el fondo de la convivencia. Es decir, ya no hay sorpresas y aventuras, pues, ambos han logrado aprender y conocer de su pareja todo lo que necesitaba saber.

La rutina los ha saciado y empieza a generarse una sensación de llenura que termina por confundirse con desamor.

Cordero, quiso exponer un ejemplo para que se entendiera más el complicado proceso. Cuando se inicia una relación, la pareja puede estar días metida en la casa, haciendo actividades rutinarias y banales que le parecen sublimes, pues la chispa del amor está al rojo vivo. Siete años después, estas mismas actividades se tornan fatídicas y, hasta cierto punto, molestosas.

Es por eso, que hay que regresar el ciclo de la pareja al día uno, cuando iniciaba la relación. Inventando salidas, actividades de complicidad, incluso locuras que recuerden el pasado que en un momento los unió, cómo volver a un lugar donde siete años atrás se vivieron cosas inolvidables.

Esto, de acuerdo con Cordero, marca el ciclo del interés y el amor de manera automática, ya que se renueva la relación y aquellas miradas y sentimientos que se estaban viendo opacados por el tiempo, empiezan a reavivarse.

«La clave está en que uno de los dos mantenga la cabeza fría durante el tiempo de crisis, que decida empezar el plan de reconquista y pasión. Pues, en muchos caso, el amor está, sólo hay una confusión que se puede vencer», detalló Cordero.

Ahora, de su experiencia, Cordero señala que el fracaso de muchas parejas, que pasan por este mal, radica en que es la mujer la que tiende a experimentar la crisis de los siete años. Entonces, sería el hombre el que tendría que verse en la posición de reactivar la relación y, por lo general, no lo hace. Se torna grosero, molesto y dudoso ante la pareja, lo cual, contribuye a que la relación se vaya a pique.

¿Por qué las mujeres?
Porque ellas se entregan profundamente a la relación, viven y conocen al extremo a su pareja, mientras que el hombre, es más distraído y nunca pierde su picardía por la vida.

«La mujer lleva el peso de toda la relación, la casa, los niños, las obligaciones, por eso tiende a sentir que necesita un aire, un espacio para encontrarse, para saber si lo que está viviendo es lo que realmente quiere. El hombre no, porque él nunca se desentiende totalmente de su vida de soltero, por lo tanto, no va a sentir nunca el deseo de separarse de su mujer si siente amor por ella. En cambio, la mujer sí», reconoció el experto, miembro de la Sociedad Latinoamericana de Sexología.

Esta última analogía de Adriano Cordero, me hizo recordar un pasaje que una vez leí que decía: Cuando una relación de pareja entra en crisis, no hay que pensar que algo se destapó y ya está. Más bien, hay que pensar que existen nuevos caminos que no siempre deben llevar al divorcio, sino, al divorcio de algunas formas de vivir o pensar que pueden estar causando un corto circuito en la convivencia con el ser que se ama.

Quien escribió este pasaje, que ahora no lo recuerdo, sustentaba que la prueba de que el divorcio no es siempre la mejor opción, es que hay personas separadas que vuelven a enfrentar los mismos problemas al encontrar otra relación porque van con la misma mentalidad, la misma vida.

PARA LOS MÁS MÍSTICOS

Buscando e indagando más sobre el misterio de la Comezón del Séptimo Año, me encontré con una teoría que trata de explicar el flagelo a través del comportamiento de los astros.
En él se sustentaba que Saturno es el planeta que se relaciona con la Carta Natal de cada individuo y tiene la capacidad de provocar resquebrajamientos en áreas de nuestras vidas que estaban muy estructuradas.

¿Cómo lo hace? Por medio de su ciclo orbital. Cada 28 años recorre todo el Zodiaco y cada siete años, aproximadamente, forma un aspecto angular con su propia posición natal que influye en la Carta Natal de cada persona. Ahora bien, como los tiempos astrales y terrenales no son los mismos, no se debe entender que cada siete años, que Saturno sufre esta mutación, es que las parejas enfrentarán problemas, sino, cumplidos los siete años en una relación estable.

Lo cierto es que, independientemente de lo que motive esta comezoncita, no hay duda de que una vez detectado hay que ignorar las peleas infundadas y arrancar con el plan de rescate de la relación.

Y recuerden que por lo general, esta tarea les tocará a los hombres así que como dice el dicho: En guerra avisada, no mueren soldados.